Centinela

Hace un tiempo que la Universidad esta mucho mas tranquila de lo que me tenia acostumbrado. La gritería de los pasillos y el vacío general de los días de marcha dieron lugar a pataletas anecdóticas, incidentes tradicionales en fechas predecibles y tomas breves, sostenidas por números pequeños de niñitos. ¿Serían las últimas guerras del campus? ¿Fue esta la última gran temporada de paros? Las marchas estuvieron tranquilas incluso, como si fueran procesiones en una nación que ha cambiado de fe… solo una sombra, una tradición republicana.

Me niego a creerlo, pero la razón obliga. Cada vez aparecen menos en televisión y son menos también los espacios públicos que han podido dominar (dentro de sus propios feudos partidistas incluso, son menos los que los consideran prioridad). La época del “Progre”, “La feminazi” y “La soberbia moral estudiantil” está dando sus últimos manotazos de ahogado y, como los pokemones y otras tribus urbanas, sus irreductibles pasan a segunda o tercera línea de la portada nacional.

No me importa tanto si fue merito de la cultura (o contracultura) de internet, el breve resurgir de los conservadores o el retorno de los activistas jóvenes, de ideas frescas y sin las amarras de la vieja guardia, lo que me importa es el por qué y el cómo.

En algún café alguna vez debió haber un par de conservadores, o una mesa de viejos fachos para facilitar el argumento, que en los 90s hablaba de que haría la izquierda ahora que acababa de caer el muro, ahora que el sustento económico de sus ideas se vino abajo junto a su ultimo gran experimento (pronosticaron ver la caída de cuba también, le apuntaron, aunque el marketing diga lo contrario). ¿Qué harían? Preguntaron entre risas sin pensar jamás en la oleada progresista, en el open borders, en el renacer del feminismo o el siguiente golpe de timón de los “poderes facticos”.

No pensaron que serian capaces de cortarse un apéndice sin anestesia y sin asco delante de todo el mundo, hacer un gran desaire a todos los castillos que armaron en el aire, teñirse el pelo y buscar otra generación de jóvenes llenos de ganas de tener una excusa, ignorantes con ganas de protagonismo y mandos medios que le mantengan control del rebaño votante que les asegure un asiento en el poder (a ver si logran otra oportunidad de jugar a la revolución o de hacer un experimento que, ahora sí que sí, resulte).

Pero lo hicieron, con un frescor (para no escribir cara de raja en la columna) casi poético, digno de un relato griego. Cuando fracasaron a un tiempo toda esa ruma de libros escritos con tanto rigor “científico”, calculando un sistema que traería el paraíso, cuando fracaso esa noción de asaltar el cielo que tanto pegaba entre los jóvenes (que ya no les hacían caso, crecieron un poco parece), cuando se dieron cuenta que sus poleras del che eran un gran chiste sobre ellos mismos y el triunfo del capitalismo para traer productos a un mercado, cuando todo eso paso… fueron después indigenistas, revolucionarios culturales, justicieros populares que nada tenían que ver con los lejanos terrores de las policías secretas de la órbita soviética (todos rumores del mercurio e inventos de escritores ignorantes, muy anteriores al internet). Ahora eran los que traerían la sociedad nueva al mundo nuevo, al hombre y la mujer nueva.

Volvieron a revisar el closet, apuntes que daban por perdidos, se cortaron y tiñeron el pelo y fueron por la nueva generación, hijos de la prosperidad y abundancia de las fuertes repúblicas conservadoras que nunca cedieron a la presión por sumarse al despilfarro, la infamia y la destrucción que fue su ultimo gran experimento social (se salvaron de la resaca que después les tocó vivir a quienes se sumaron a la fiesta).

Otra generación de escritores con cero consideraciones por la verdad (que solo sirve cuando sirve, que es tan científica como les acomode), otra generación de jóvenes tomados desde la adolescencia para cumplir su destino como votantes y universitarios programados y obedientes, otra larga tirada de películas, revistas y toda arma propagandística arrojadiza… Otra generación para su otra cara (sumando todo el archipiélago de gentes que dejaron todos sus intentos anteriores, en esas islas fracasadas que suelen dejar por la historia). Les pusieron progresistas, por el progresismo obviamente, marketing socialista muy bien refinado por sus intelectuales de mayor factura.

Salieron a las calles, atacaron los fuertes cimientos que dieron poder a sus enemigos como la familia, la tradición, la fe y la república, con ataques estúpidos y débiles llevados a una escala ridícula… como quien intenta echar abajo un castillo a cabezazos… Y CASI LO LOGRAN. Hoy esas cabezas sangran y el numero de atacantes es cada vez menor, les cuesta reclutar con el futuro seguro de que sus ideas son expuestas al bien merecido ridículo y son tomadas en serio solo por los mas ciegos entre sus filas. Nada quedaba de esa legión, menguada por librar guerras inútiles contra ejércitos mas pequeños, pero inmensamente mejor preparados… que los llevaron a lo que vemos hoy; un progresismo acorralado y a punto de morir, condenado a un exilio en su facultad de sociología, su facultad de humanidades y algún que otro díscolo que se niega a aceptar la retirada.

En algún bar, un par de libertarios se ríe con compilaciones sobre la victoria de Trump y el ultimo disparate de la toma feminista, que algún colectivo logro montar por un par de semanas. ¿Qué harán ahora? ¿Qué harán ahora en que incluso el mas anticuado usuario de redes sociales ha visto el desastre de las fronteras abiertas en Suecia? ¿Qué harán ahora que compilaciones de veteranos de la guerra cultural dando palos a los representantes del progresismo están incluso en los largos grupos de WhatsApp familiares? ¿Qué harán? Se preguntan riendo… no piensan en que serían tan capaces y frescos de cortarse el pelo, hacer un desaire a sus ejércitos ya moribundos y saltar a otra generación.

Y de repente una niñita sueca aparece gritando histérica en redes sociales que, en su ingenuidad, creen que van dirigidos a ellos. No se imaginan que la izquierda tuviera esa soltura de cuerpo y ese descaro como para teñirse el pelo, sacar otro cartel y dejar a su ejército moribundo a su suerte.

Hoy, en alguna notaria y sin mucha fanfarria, se divorciaron la izquierda y el progresismo. El progresismo se llevo la custodia de los niñitos que nacieron de la apasionada y breve relación (muy a su estilo), con un estipendio mensual de una que otra mención de buena crianza en sus discursos (para que la gente no hable, más que nada).

Dicen que tiene una nueva pareja, una más joven de la que ya no se burla la gente. Mientras lee esto, columnas de libros se tipean con pasión en alguna facultad de universidad pública, el niño que planeaba perder su virginidad siendo “aliado” ahora comenzó a recoger latitas, comparte a la sueca gritona en Instagram (Facebook ya es de viejos) y se muestra muy preocupado por regular empresas.