Cuando leí el petitorio de Beatriz Sánchez, la candidata de extrema izquierda triunfante en la revolución violenta comunista registrada a partir del 19 de octubre (y, ojo, que encabeza las encuestas presidenciales) pensé que si era acogido se iniciaba la argentinización de Chile y entrábamos en un proceso del cual nuestros atribulados vecinos simplemente se han mostrado incapaces de salir.

Pero resulta que el propio presidente de Chile ha adoptado en buena medida el petitorio de Beatriz Sánchez y ha anunciado su rendición incondicional ante la revolución roja, prometiendo aumentar la pensión básica en 20 %, subir el ingreso mínimo garantizado a $350 mil, anular el alza de las cuentas de la luz de 9,2 %, subir impuestos a los que ganen más de $8 millones (que son los que hacen el 80 % de la inversión), crear un seguro para gastos en medicamentos y, como contrapartida (lo que siempre se ha conocido como «suprimir el chocolate al loro», una antigua receta de una señora que quería reducir sus gastos) disminuir la dieta parlamentaria.

Mientras en Argentina Macri parece a punto de perder las elecciones (creo ser el único que sostiene que todavía puede ganarlas), y si las pierde será por querer volver sobre los pasos del kirschnerismo populista y reequilibrar la cuentas argentinas, acá emprendemos el camino kirschnerista.

Mientras en Ecuador el presidente Lenin Moreno ha enfrentado con energía una revuelta porque quiere volver al realismo las cuentas de la luz y terminar con los subsidios que arruinaron la economía bajo el mandato chavista de Correa, y se la juega entero por el realismo, acá entramos justamente a que el Estado subsidie las cuentas de la luz, derogando el alza de 9,2 % que correspondía aplicar.

El modelo chileno exitoso, que hace pocos día llevaba a Piñera a enorgullecerse de que Chile fuera «un verdadero oasis» en una región desbordada por los problemas y desequilibrios, ahora marcha a su fin. Pasamos a ser uno más de los del barrio del desequilibrio. No tan desequilibrados como los ecuatorianos que luchan por reequilibrarse ni como los argentinos cuya mayoría no parece querer reequilibrarse, pero desequlibrándonos por US$1200 millones a nuestra vez y por ahora, con Piñera a la cabeza.

Todo esto es disfrazado de «crisis social», idea que compran hasta los empresarios, empezando por Andrónico Luksic, cuyo twitter prueba que se ha comprado completo el libreto de los revolucionarios y ha decretado un sueldo mínimo de $500 mil en todas sus empresas. Ése  un mensaje claro para sus accionistas minoritarios de vender, porque el controlador ya no está en la tarea de maximizar las ganancias, sino de «quedar bien» ante la arremetida revolucionaria de la extrema izquierda.

La caída de la Bolsa en más de cuatro por ciento en un día señala que la gente cuerda se ha dado cuenta de que Chile ya vale menos, pues eso equivale a miles de millones de dólares de pérdida de valor de las empresas chilenas más significativas. Los inversionistas extranjeros obviamente se han dado cuenta. Walmart sabe que le han saqueado 125 supermercados e incendiado 20. Coca Cola lo mismo. Y todos lo sabemos, pues lo que tenemos ya vale menos, porque está menos seguro contra cualquiera que desee destruirlo o apropiárselo.

Piñera ha sido muy criticado por haber declarado que el país enfrentaba una guerra, pero si oímos los discursos más recientes de Nicolás Maduro y su ministro Diosdado Cabello y atendemos a las denuncias sobre elementos extranjeros sospechosos rondando los atentados que destruyeron metódicamente 78 estaciones del Metro y locales de grandes empresas, tendremos suficiente evidencia de que, efectivamente, enfrentamos una guerra.

Si hubiéramos tenido efectivamente un gobierno con sentido de autoridad, habríamos ganado esa guerra desde sus inicios, porque una policía actuando enérgicamente habría puesto término inmediato a la evasión del Metro y ésta no se habría tornado masiva. No era imposible poner inmediatamente un piquete de carabineros en cada estación del Metro, con lo cual la chispa inicial de la revolución roja se habría apagado. Pero el «síndrome Catrillanca» tenía a Piñera atado de pies y manos y la falta de respuesta de la fuerza pública ante lo evasores fue la señal de partida para los incendios y saqueos que han asolado al país.

Esta no ha sido una «crisis social», sino una «crisis de autoridad». El país se ha argentinizado o venezuelizado y éste es un camino sin  retorno.

¿Cómo reaccionará el pueblo chileno? Si está feliz con el populismo ruinoso, quiere decir que pronto habrá un(a) presidente más populista que Piñera, tendremos entrada gratis a los estadios y televisión satelital o por cable pagada por el Estado y cosas por el estilo y no tendremos cómo controlar la inflación ni pagar la deuda externa, como Argentina. Si la opinión pública es consciente (yo creo que ya no lo es y mayoritariamente opta por el populismo), elegirá un gobernante autoritario que pondrá marcha atrás en la argentinización y, con mayor razón, en la venezuelización.

Pero, entretanto, ya Chile vale menos y la perspectiva más cierta es de que haya iniciado el camino que no se detendrá hasta que un gobernante con las agallas de los que nos retornaron al camino de la racionalidad y del imperio de la autoridad en 1973 se vuelva a presentar en nuestro destino, posibilidad que hoy se ve decididamente remota y casi imposible de tornarse en realidad.

Fuente: http://blogdehermogenes.blogspot.com/