7 DE NOVIEMBRE DE 2019

El comentarista peruano de TV Jaime Bayly, después de reproducir una entrevista de Piñera a la BBC, en que dijo que el movimiento revolucionario en el país «es una buena noticia», expresó: «Presidente Piñera: Usted es el único Mamerto del mundo que dice que lo que está pasando en Chile es una buena noticia. No he encontrado otro».

Pero Bayly está equivocado: Piñera no es un «Mamerto», sino al contrario, está haciendo otra hábil «pasada», sólo buena para él, y poniéndose a la cabeza de la revolución marxista en curso, que está destruyendo el «milagro chileno» y llevando de vuelta al país al estado en que estaba el 10 de septiembre de 1973.

Bien miradas las cosas, el «milagro chileno» consistió en que el regreso a la barbarie no se hubiera perpetrado antes, sino que hubiera demorado treinta años. «No son treinta pesos, son treinta años» ha sido un eslogan muy repetido por los revolucionarios de hoy, y muy exacto, pero por las razones enteramente opuestas a las que ellos tienen in mente: durante treinta años respetaron el modelo y sólo le «rayaron la pintura». Ése ha sido el «milagro chileno». Ahora quieren terminar del todo con el modelo.

¿Cuál es el fundamento de éste? La garantía a la libertad. Como sin propiedad no hay libertad, lo primero que quieren derogar es el derecho de propiedad. Eso es lo que está detrás del eslogan sobre «nueva Constitución». Precisamente por eso el columnista de «El Mercurio» y rector Carlos Peña, un hombre de izquierda, les dice hoy a sus seguidores que por qué en vez de trastornar todo el sistema institucional con llamados a «asamblea constituyente» y «nueva Constitución», no se limitan a modificar los quórums altos que hoy impiden expropiar sin pago, que es el objetivo último de los revolucionarios. Pues lo que quieren es apropiarse de la riqueza del país sin pagarla a sus dueños.

Piñera, lejos de ser «Mamerto», se ha puesto a la cabeza del proceso y ya se allanó a un nuevo impuesto al capital, que apunta a golpear al uno por ciento más rico de Chile. Eso es un gran disparate, porque el uno por ciento más rico de Chile es el que financia el 80 por ciento de la inversión interna, de modo que castigándolo sólo se perjudicará todavía más el crecimiento económico, que es lo que permite sacar a más gente de la pobreza.

Pero ya el uno por ciento más rico se dio cuenta de que venía la guillotina y ha hecho bajar la Bolsa y subir el dólar en su precipitada fuga hacia países más benévolos con el capital.

Piñera, entretanto y ya en el lado de la barbarie, ha ido a visitar a una víctima de los perdigones de Carabineros, disparados por la precaria arma con que esos abnegados servidores públicos deben enfrentar los masivos apedreamientos extremistas. Y, en el orden legislativo, ya hace concesiones en materia de tarifas, anunciando subsidios; salario mínimo, anunciando su aumento; y pensiones, cuidándose mucho de no proponer la medida más importante para mejorarlas sanamente a futuro: el aumento de la edad de jubilación, pues la gente ahora (gracias al «modelo») vive muchos más años y por eso la jubilación a los 60 o 65 conduce a pensiones más bajas. Pero ésa sería una medida realista y sana, así es que está desechada de antemano.

Lo más pintoresco de la revolución es que la plata para sacar de la pobreza y la desigualdad a los que menos ganan ¡está!, sólo que ahora queda en un 60 por ciento en manos de la burocracia dorada marxista creada desde el gobierno de Aylwin en adelante. He citado antes la comprobación del ex ministro Rolf Lüders en el sentido de que, si el gasto social fiscal que se recauda cada año, fuera destinado al 20 por ciento más pobre de las familias chilenas, cada una recibiría dos y medio millones de pesos mensuales. Con esto desaparecería la pobreza y el índice de Gini seguramente nos situaría entre los países más igualitarios del hemisferio. Pero la medida obvia de mandarle un «voucher» por dos y medio millones de pesos mensuales a los jefes de hogar más pobres castigaría directamente a los burócratas revolucionarios marxistas que hoy se quedan con el 60 por ciento de eso y, por tanto, jamás Piñera, que busca congraciarse con ellos, la va a propiciar.

No, no es un «Mamerto», sino un vivo que está haciendo la enésima pasada de su vida y poniéndose a la cabeza de la revolución en curso, accediendo a todas sus pretensiones y confiando en que ello le va a permitir remontar en las encuestas. Lo cual probablemente va a conseguir, mientras el país mayoritario se encamina de regreso a la barbarie económico-social de la cual nunca mereció salir.

Y sí, el modelo chileno se terminó. El país vuelve a la barbarie previa al 11 de septiembre de 1973 y lo hará paulatinamente, primero vía «argentinización», con medidas deficitarias que nos llevarán a una crisis como la de nuestros vecinos; y luego, cuando el populismo impida corregirla, como allá, a la venezualización.

De ésta la mayoría electoral quiso escapar eligiendo a Piñera en 2017, contra todas mis advertencias y consejos, que hoy más que nunca están probando haber sido los más acertados.

Fuente: http://blogdehermogenes.blogspot.com/