En mi juventud leí un libro que en estos días he recordado frecuentemente. Se titulaba «La Tribu que Perdió la Cabeza», del autor inglés Nicholas Monsarrat. Refería el caso de una isla colonial inglesa de la costa africana, donde había mucho orden y todo funcionaba muy bien, de modo que se progresaba mucho. Tenía una clase dirigente de ingleses acaudalados y autoridades de la gobernación, que vivía muy bien; y una población nativa de raza negra que, por su parte, vivía mejor que el resto de África. En conjunto, todos se entendían bien. O eso creían. En un momento dado llegaron allá periodistas de izquierda londinenses y algunos religiosos progresistas ingleses. Convencieron a la población local de que estaba siendo abusada por las autoridades coloniales y los hombres de negocios dueños de las principales empresas. Con el concurso de un joven revolucionario local que había estudiado en Oxford, lograron montar un movimiento anticolonial que degeneró en la vía violenta para «cambiar las estructuras». La insurrección asesinó al gobernador, destruyó las instalaciones fabriles, agropecuarias y de transporte ferroviario y finalmente consiguió la independencia de Londres.

Consumada la revolución y la independencia, los izquierdistas ingleses volvieron a Inglaterra como si tal cosa, pues periodistas y religiosos vieron que ya no era ningún agrado vivir en la isla africana, y se olvidaron del asunto. Pero en la nueva nación todos quedaron mucho peor, pues ya no había orden público ni inversionistas o empresarios que contrataran gente ni autoridades inglesas que garantizaran la paz interna. Al contrario, había mucho desorden y reinaba delincuencia. En resumen, la ex colonia ordenada se había transformado en una tribu donde reinaba un caos indescriptible.

En estos días he vuelto a recordar esa novela, porque Chile ha perdido la cabeza y está en medio del caos. Está viviendo la misma experiencia de la tribu. En buen chileno, parece que vamos a volver a la UP. Hemos demorado poco más de 40 años en «reabrir las anchas alamedas». Pero, al mismo tiempo, ahora entiendo lo que cree esa enorme masa que se moviliza y a cuyo amparo se cometen saqueos, incendios y atentados. Esa masa sale a desfilar constantemente, golpeando cacerolas vacías como lo hacían las dueñas de casa bajo Allende, cuando no había qué comprar en los supermercados y él decía que quedaba harina para pocos días más. Pero ahora, pese a que los encapuchados han sembrado el terror y por eso muchos establecimientos han debido cerrar por incendio o por saqueo, todavía no hay escasez. Sí la había en 1973, porque Chile era una nación en la cual casi nadie producía y todos querían consumir con billetes de emisión incontrolada y que no valían nada. Pero ahora la revolución sucede cuando estaba todo bastante ordenado y, si bien el país crecía menos y las cuentas nacionales habían comenzado a empeorar, todavía éramos un «oasis» en comparación con países como Venezuela, por citar el caso extremo, o Argentina, cuya economía desde hace años se ha tornado inmanejable.

Pero ahora entiendo lo que esa enorme masa de desfilantes cree entusiasmada: que le va a llegar el bienestar cuando tenga «una nueva Constitución». Ellos piensan que si la consiguen, los sueldos van a ser mejores, los precios van a ser más bajos, todos los colegios van a ser excelentes y se van a terminar las listas de espera en los hospitales. Cree que es cuestión de que todo eso lo diga una nueva Constitución y ésta se lo encargue al Estado, para que ello se transforme en realidad.

Se han cumplido treinta años desde que cayó el Muro de Berlín y eso a los chilenos no nos ha enseñado nada, porque esas multitudes que marchan por las calles lo que quieren, en el fondo, es que se establezca un régimen como el que tuvo que edificar el Muro para que no se le arrancaran todos los habitantes hacia otro como el que los revolucionarios chilenos de hoy quieren cambiar. Y los dirigentes políticos de los partidos de izquierda, radicales, socialistas, PPD, frenteamplistas y comunistas, partidarios de una sociedad como la que estaba detrás del Muro, se aprestan a gobernar en Chile.

¿No es una locura? Pero ¿quién dijo que la mayoría de los chilenos de hoy son cuerdos?

Y, así, todos repiten como un mantra «nueva Constitución»: la izquierda, la derecha, el gobierno, la oposición y hasta monseñor Celestino Aós en nombre de la Iglesia Católica. La tribu perdió la cabeza. «El país despertó», sí, pero despertó mucho más tonto que antes de quedarse dormido. Su problema es que no hay orden público, porque la fuerza pública ya no puede usar sus armas. Hasta el 18 de octubre se defendía como podía con balines de goma y bombas lacrimógenas, pero también ahora se los van a prohibir, porque usarlos constituye atropello a los derechos humanos. Como dice Fernando Villegas, ahora los carabineros sólo pueden defenderse a empujones. Se perdió el orden público.

Un norteamericano nacionalizado chileno, John Cobin, que formó un movimiento para que más norteamericanos se vinieran a Chile porque, decía él, allá había demasiado socialismo (su movimiento se llama «Escape de Estados Unidos Ahora»), ahora está preso porque ayer le disparó a una turba que atacó su automóvil en Reñaca, hiriendo a uno. Tenía arma inscrita y autorización para portarla, pero el Intendente se querellará contra él por «homicidio frustrado», como si él hubiera sido el delincuente que salió a atacar a la turba y no al revés.

Ayer en Maipú otra turba ocupó media hectárea de propiedad de mi mujer, dando como razón que era mía. Nadie puede recuperar la propiedad, confiscada por ser mía, aunque no sea mía. Confiscación «ad hominem».

Una persona de una entidad financiera me dijo ayer que a través de ella el uno por ciento más rico de los chilenos, amenazado con tributos más altos, por un nuevo impuesto al capital y, más encima, por cualquier turba que lo asalte en la calle u ocupe sus propiedades, ha sacado diez mil millones de dólares del país desde el 18 de octubre, a través de esa sola firma. Así responde el uno por ciento más rico cuando lo persiguen: fugándose.

Un pequeño empresario me dice que piensa acogerse a la ley de quiebras, porque ya no puede funcionar por los desórdenes, ha perdido clientela y no tiene cómo pagar sus deudas.

En resumen, hay otro lema en el Chile de hoy, además del de «nueva Constitución»: «sálvese quien pueda». Fuente: http://blogdehermogenes.blogspot.com/