Cristián Labbé Galilea


En estos días cuesta “separar la paja del trigo”. Cómo no, si esta expresión, usada desde tiempos inmemoriales para no mezclar o confundir asuntos de distinta naturaleza, hoy está más vigente que nunca. Basta estar medianamente informado para comprobar que lo importante y lo superfluo se confunden haciendo que su diferenciación se transforme en un difícil desafío para “el común de los cristianos”

El estallido social; el plebiscito y los alcances de la constituyente; el boicot y las filtraciones de la PSU; la violencia y el estado de derecho, entre muchas otras cosas, han confundido a la opinión pública generándole un sentimiento de desolación, de poca esperanza, de ausencia de liderazgo, lo que ha llevado a algunos a “adorar” la idea de una nueva constitución como si fuera “un nuevo becerro de oro” que va a solucionar todos los problemas y que los pondrá de nuevo en “el camino de las causas perdidas y del futuro prometido”.

La historia sagrada es una cosa (muy seria por lo demás), pero la realidad es otra (bastante más singular) lo que hace poco probable que baje algún “moisés” a poner orden en los “blasfemos” que creen que es mejor volver atrás…

La tarea hoy es apartar de nuestro futuro a esos “irreverentes” políticos que, con su retórica, solo buscan disfrazar sus insaciables apetitos de poder y seducir a los cándidos para que “adoren” un modelo de sociedad que en ninguna parte del mundo y en ningún tiempo de la historia ha tenido éxito.

Vistas así las cosas no hay tiempo que perder, no hay oportunidad que dejar pasar para hacerle ver a los “incrédulos” que, si actuamos con decisión y convencimiento, retomaremos el camino del orden, la libertad y el bienestar.

Cada día son más los que manifiestan su decisión de impugnar el que se redacte una nueva constitución como “la solución” para perfeccionar el sistema político, económico y social que nos rige.

Lo que sí necesitamos es que la solución a los problemas que afectan a los sectores vulnerables se enfrenten desde la primera línea y no a través de una “catarata diaria de iniciativas legales”, porque es sabido que “la ley no hace a virtud”, y que los problemas se solucionan con realismo y decisión, estrategia “copernicanamente” diferente a la seguida hasta ahora.

No más eventos en la Moneda y más acción en la “primera línea”, y no me refiero a la primera línea que se le atribuye a los violentistas, me refiero a las municipalidades.

Como me advirtió un parroquiano, “los alcaldes no han llevado velas en este entierro”.

Es cierto, si se quisieren solucionar los problemas básicos de vulnerabilidad social, la clave está en los Alcaldes (se los dice un ferretero). Hay que “invertir la pirámide” e involucrar a quienes más cerca de los problemas están, y no esperar que llegue de arriba un “moisés”.

El mejor camino para evitar “adorar una nueva Constitución como un becerro de oro”… es potenciando a los alcaldes, que además este año tienen elecciones…

¡Elemental dear Watson!