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Vanessa Kaiser: Allende en la tumba

Vanessa Kaiser: Allende en la tumba

Partero de los abusos que agotaron a la ciudadanía y que nos tiene sumidos en una profunda crisis de legitimidad, el PS no ha sido capaz de avanzar respecto de sus propios dogmas.

Imposible dejar de comentar el análisis de Camilo Escalona y su convocatoria a una movilización de los miembros del PS por la opción “Apruebo”. El punto cúlmine de la épica de su mensaje se encuentra en la imagen del ex Presidente Salvador Allende revolcándose en su tumba en caso que una mayoría de chilenos legitime la Constitución del 80. Lo que Escalona no ha pensado es que, quizás, si como él mismo plantea, el alma de Allende tuviese hoy alguna conciencia sobre los acontecimientos que suceden en nuestro país, sería un converso. Y ello no debiera extrañar a quienes creen en que el ex Presidente soñaba con un Chile próspero y pueden imaginarlo viendo cómo bajo la Constitución del 80 millones de chilenos salieron de la pobreza o analizando presupuestos fiscales -impensables en sus tiempos- dedicados íntegramente a salud, vivienda y educación, y/o compadeciéndose por los ciudadanos esclavos de Estados socialistas como el cubano o el venezolano. Quizás Escalona piense, a la antigua usanza, que las almas son como átomos que no experimentan cambio alguno a lo largo de la vida, ni tampoco una vez muerto el cuerpo. No extraña esta forma de pensar dado el carácter petrificador del prisma socialista que, por ejemplo, ve la riqueza como un todo fijo que no cambia. De ahí que toda distribución desigual sea injusta, puesto que lo que gana uno necesariamente lo pierde otro y que el mercado sea una red de abusos y no de intercambios voluntarios.

Hablo del prisma y no de los socialistas, porque al interior de dicha colectividad hay una variopinta diversidad de individuos, desde los más corruptos y deleznables, hasta los inocentes idealistas, pasando por algunos personeros reconocidos por su inteligencia y capacidades. Estos últimos suelen matizar los dogmas en que se funda su ideología y tener profundas convicciones democráticas. Sin embargo, son pocos los que alcanzan a escapar de los efectos petrificadores de un prisma que, al igual que todo otro acervo de ideas dogmáticas, no integra ni comprende el dinamismo de la vida. De ahí su incapacidad para transformar la experiencia en aprendizaje. Prueba fehaciente de esto último es que no exista ningún ejemplo de un Estado socialista exitoso, donde la dictadura del proletariado haya conducido los destinos ciudadanos hacia un mundo de plena abundancia, igualdad y, como decía Lenin, en que el aparato coercitivo se haya transformado en una “oficina de correos”. Al contrario, la dictadura del proletariado sólo ha dejado hambre, destrucción y muerte. Cabe preguntar: ¿de dónde viene entonces la fuerza de una ideología absolutamente fracasada al punto que incluso China, para no autoaniquilarse bajo sus preceptos, tuvo que abrazar el capitalismo?

Lo genial del asunto es que una vez que el capitalismo corporativista hace agua, son ellos mismos quienes ofrecen la solución promoviendo un Estado de dimensiones gigantescas que los encumbra hasta la cúspide del poder.

La fuerza del socialismo tiene dos fuentes, una real y otra psicológica. La real puede resumirse en las fallas que presenta un capitalismo corporativista, nacido del maridaje entre el poder político y ciertos sectores de empresarios en contra de los cuales Adam Smith, mucho antes que Marx, ya lanzaba sus dardos. En este contexto, partero de los abusos que agotaron a la ciudadanía y que nos tiene sumidos en una profunda crisis de legitimidad, el PS no ha sido capaz de avanzar respecto de sus propios dogmas. Con avances me refiero, por ejemplo, a dejar de participar en el maridaje político-económico. Recordemos que el primer presidente socialista tras el quiebre institucional del 73 fue apodado “Presidente de los empresarios”, lo que no sería un problema en el marco de un mercado libre, con altos niveles de transparencia en las relaciones público-privadas. También podríamos considerar un avance sustancial que el PS hubiese luchado junto al pueblo en contra de la corrupción de los privilegiados. Desde el prisma socialista este debiera ser uno de los temas clave, puesto que los corruptos extraen recursos del bolsillo de los más débiles que el socialismo afirma defender. Dicha extracción sirve para sostener a una casta de privilegiados, sentados en tronos laborales que el Estado les asegura con independencia del beneficio que aporten a la sociedad. Pero, en lugar de arremeter en su contra, tenemos a su ex Presidenta incrementando la casta de privilegiados a niveles históricos con un aumento de 25,6% del gasto público en funcionarios que, claramente, no aportaron en nada a la mejora de la calidad de vida de los chilenos.

A estas alturas, es obvio que el PS no ha avanzado en las direcciones propuestas, porque el capitalismo corporativista que tanto critican les sirve de piso sólido en dos sentidos: por una parte, sus fallas estructurales les permiten desarrollar una crítica al sistema que convoca a sus votantes y, por otra, los mantiene en posiciones de privilegio que sirven para ganar lealtades, mientras disfrutan de beneficios producidos por el sistema que critican. Lo genial del asunto es que una vez que el capitalismo corporativista hace agua, son ellos mismos quienes ofrecen la solución promoviendo un Estado de dimensiones gigantescas que los encumbra hasta la cúspide del poder. Y ya sabemos cómo termina la historia… con revoluciones, levantamientos, guerras civiles, millones de personas muertas de hambre o militares a cargo.

El prisma petrificador característico del socialismo nos muestra a un Allende que, aún desde la tumba, optaría por tropezar dos veces con la misma piedra.

La otra fuente que da fuerza al prisma socialista es la psicológica. Ella anida en la necesidad del ser humano de sentirse bien consigo mismo para afirmar la vida. Desde Nietzsche, el humano es aquel animal que da valor a las cosas; una vez perdida esta facultad, degenera, preso de un nihilismo que lo enferma. Dicho en simple: si usted se siente mal consigo mismo, se odia, si piensa que es mala persona, tiene una culpa horrorosa por cualquier motivo y es incapaz de valorar o afirmar algo bueno de su existencia, entonces lo más probable es que caiga en una depresión y enferme gravemente. En esta dimensión de nuestra psicología el prisma socialista se levanta invencible, sobre todo ahora que sus competidores naturales -las religiones en general y la Iglesia Católica en particular- se han retirado parcial o completamente de la esfera pública. En suma, entre los placebos psicológicos que ofrece el prisma socialista se cuentan: el apoyo a los explotados -aunque deje a millones cesantes y muertos de hambre-, la compasión con los débiles -aunque de ella nazcan los peores tiranos bajo el pretexto de cuidarlos y protegerlos- y la promoción del ideal colectivo que termina destruyendo todo rasgo de singularidad, transformando al humano en un mero miembro de la especie al servicio del Estado, sin dignidad ni derecho alguno. Su poder de seducción es casi irresistible para una parte mayoritaria de los miembros de la izquierda y, por qué no confesarlo, ejerce igual fascinación en aquellos sectores de la derecha que sienten culpa por no ser de izquierda.

Volviendo a nuestra teoría de las almas y suponiendo que un alma incorpórea no tiene las necesidades psíquicas descritas, no debería causar extrañeza imaginar que Allende en su tumba sería un converso. ¿Por qué? Porque si usted, como Escalona, cree en sus buenas intenciones, lo que Allende quería era instalar el sistema socialista para acabar con la pobreza y no para beneficiarse del poder total al estilo de los demás líderes socialistas. También creería que él pensó que una vida mejor para las grandes mayorías sería posible a través de la expropiación de la propiedad privada y la emisión excesiva de dinero. Así, en caso de que Allende tuviese un alma consciente, como afirma Escalona, hoy sabría que con esas medidas se equivocaba a tal punto que tres años de su aplicación dejaron la huella indeleble del hambre, la angustia por la sobrevivencia y la desesperación en la memoria colectiva. De ahí que me parezca plausible pensar que, para quienes creen que Allende era un hombre de ideales elevados, le sucedería como a Mauricio Rojas, Roberto Ampuero, Ricardo Lagos (en la época que puso su firma en nuestra actual Constitución) o, sin ir más lejos, Fernando Flores (su ministro de Hacienda y Economía): todos conversos.

En suma, para quienes lo admiran por sus convicciones democráticas, Allende sería, inevitablemente, un converso que no apoyaría a los de la Primera Línea, como tampoco apoyaba al MIR. De hecho, en el marco del discurso que ensalza los rasgos democráticos de su figura (aunque haya hecho la vista gorda con los grupos guerrilleros), su opción nunca fue la de la vía armada al revés de los socialistas duros de la época. Por el contrario, los defensores de su legado político han dicho que su vocación democrática fue atacada sistemáticamente por la gente de su propio sector, al punto de verse en la necesidad de transformar a militares en ministros.

Imaginando al ex Presidente con esa experiencia a su haber, fiel a sus principios democráticos y ya libre del prisma petrificador en que se fundan los dogmas del socialismo cabe preguntar: ¿tiene razón Escalona cuando afirma que se revolcaría en la tumba si en abril el pueblo apoya la institucionalidad que cumplió con el sueño de un Chile próspero y en paz que hasta la crisis de octubre avanzaba hacia la erradicación total de la pobreza y la disminución sostenible de la desigualdad? De ser así, Escalona tendría que aceptar que su impresión de la figura del ex Presidente no es tan elevada o que existe una contradicción entre un Allende del que se dice tenía convicciones democráticas y le preocupaba el bienestar del pueblo y otro Allende, atrapado en los deseos del poder capaz de exponer al país a la debacle total de su régimen democrático por mezquinos intereses políticos y atávicos afanes de venganza. En resumen, el prisma petrificador característico del socialismo nos muestra a un Allende que, aún desde la tumba, optaría por tropezar dos veces con la misma piedra.

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