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Generación perdida: cómo la izquierda se radicalizó en Latinoamérica

Generación perdida: cómo la izquierda se radicalizó en Latinoamérica

Chile, Colombia, Argentina y México son ejemplos concretos de cómo la izquierda ha logrado virar la batalla cultural a su favor.

Generación perdida
Protestas en Chile. (Foto: Flickr)

Por Esteban Zapata

Una de las preguntas que surgieron en los últimos años (y que lamentablemente los liberales y libertarios no han sabido responder y tampoco contrarrestar) es por qué la izquierda se convirtió en una ideología radicalizada, identitaria e irracional en los últimos años. Las ideas comunistas y socialistas resurgieron en esta década con fuerza inusitada, trascendiendo a todos los rubros: espectáculo, medios de comunicación, empresas privadas y, por supuesto, políticos demagogos y populistas, cuando en un principio estaban aisladas en universidades públicas.

Y los últimos acontecimientos en Hispanoamérica muestran que nuestra izquierda autóctona no es ajena a este fenómeno. Las protestas en Chile y Colombia, las elecciones de Argentina y México y la instalación del feminismo radical son ejemplos concretos de cómo la izquierda ha logrado virar la batalla cultural a su favor al traspasar sus ideas a la opinión pública.

¿Qué es el “Great Awokening”?

A nivel anglosajón los científicos sociales han denominado Great Awokening (“gran despertar”) a esta radicalización. La lucha de clases y la dicotomía opresor/oprimido del comunismo se combinó con las políticas identitarias progresistas (clasificar y colectivizar a las personas en raza, etnia, sexo, orientación sexual, etc.) El resultado de esto es: víctimización perpetua de ciertos colectivos, mentalidad tribal, donde sólo existen amigos y enemigos y la creación de un ente invisible que nos controla y nos domina y una búsqueda de “justicia social” que salve a la sociedad.

Se ha dicho que el Great Awokening fue creado por la derecha “machista, racista y homofóbica” surgida en estos años. Se dan ejemplos como el ascenso de Trump en el 2016, la aparición de la derecha post-liberal en Europa y la elección de Bolsonaro. Los jóvenes rechazarían a estas personas por ser anticuados y obsoletos y eso los atraería a votar por el socialismo. La hipótesis viene usualmente de libertarios anticonservadores y antiteístas que tienen una mentalidad quijotesca: todo el mundo es mi enemigo.

La realidad es otra: la radicalización empezó en el año 2008 con la aparición de las redes sociales y el Smartphone. A partir del 2013, cuando la «generación Z» llega a la universidad, se comienza a observar una mayor intolerancia hacia el pensamiento distinto.

Another indicator of ‘The Great Awokening’?

The Democratic Party manifesto has moved substantially to the left since 2008: pic.twitter.com/L4Uq1mSz1Y

— Noah Carl (@NoahCarl90) June 28, 2019

Las causas de este fenómeno

El primer factor que explica este fenómeno la universidad. Carreras humanistas como antropología, filosofía y sociología, donde más del 60% de sus estudiantes declara que tienen una opinión favorable al socialismo, además que el 60 % de los profesores universitarios se declaran de izquierda o extrema izquierda, explican por qué en las universidades anglosajonas e hispanoamericanas, por ejemplo se perdió la libertad de expresión y reunión. Al tener pensamiento homogéneo (y en ausencia de profesores conservadores, liberales o libertarios en estos establecimientos que compensen estas ideas extremistas) la radicalización de los alumnos sería total. Surge una especie de tribalismo, donde el colectivo es más importante que el individuo y la violencia política y la caza de brujas son parte integral para alcanzar sus objetivos.

The Great Left Turn of the professional class (as measured by donations).
Began in the Bush years, accelerated with the Great Awokening. pic.twitter.com/Vg3NxoY27N

— Whyvert (@whyvert) September 19, 2019

La segunda es el caldo de cultivo para estas doctrinas: la generación millennial y la generación Z. Estas generaciones son más propensas a la ansiedad, depresión y suicidio que las generaciones previas: no tienen pareja, no tienen amigos y tampoco trabajan.

Jean Twenge en su libro iGen explica que la generación que nació con el Internet, terminó siendo una generación adicta al smartphone, y eso les está provocando problemas graves. Maduran lento (su mentalidad es todavía de niño cuando llegan a ser adultos), son inseguros, irreligiosos y son independientes políticamente (ni de izquierda, ni de derecha). Noticias Relacionadas

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Además, en el libro The Coddling of the American Mind de Jonathan Haidt y Greg Lukianoff habla de una “cultura de cuidado” donde los padres sobreprotectores llevaron a estos jóvenes a situaciones límite: el “cuidado emocional” los llevó a ser mentalmente frágiles. Si se combina estos factores con la polarización política, la ansiedad y la depresión, se tiene el desastre demográfico actual. Los adolescentes más ansiosos y depresivos son inflexibles en su pensamiento e interpretan ideas de manera negativa.

Al llegar a la universidad, ellos buscan ser sobreprotegidos por estos establecimientos y las universidades crean regulaciones para protegerlos. Se crean “espacios seguros” donde no se pueda escuchar ideas “ofensivas” y se prolonga el tiempo de los exámenes como forma de protección. Una de las consecuencias de esto es la inhabilidad de los estudiantes para resolver sus problemas de forma independiente y, por lo tanto, son dependientes morales de cualquier autoridad.

4 gráficos que juntos explicarían en parte el porque los jóvenes son más propensos a la ansiedad y a la depresión:

-La aparición del smartphone crea soledad
-La soledad les impide tener amistades y sexo (aislados del mundo)
-La tasa de suicidio comienza a aumentar por la soledad pic.twitter.com/gtEc2amrab

— Esteban Zapata (@EZC86) August 3, 2019

El caso de Chile

Las protestas en Chile que se iniciaron el 18 de octubre grafican enormemente la radicalización de la izquierda y la batalla cultural perdida. Hay varias noticias que presagiaban esto. En mayo del 2019, por ejemplo, aparecía una encuesta que indicaba que uno de cada tres niños de 14 años en Chile estaba a favor de utilizar la violencia como forma de protesta (fueron ellos los que comenzaron la evasión del metro que derivó en las gigantescas protestas de estos meses). En octubre, se reportaba que la Universidad de Chile votaba a favor de estatutos universitarios que promueven el anticapitalismo (siguiendo el ejemplo de otras universidades que se declaran anticapitalistas, antineoliberales, anticolonialistas y antiespecistas).

Fui alumno de la escuela y creo que hay varios hechos del gremio estudiantil que dicen lo contrario:
-2013: solicitud de expulsión de profesor de derecho natural por decir en clases que el matrimonio es entre un hombre y una mujer. https://t.co/ZNf2lpdzq6

— Diego Lizama Castro (@dlizama93) December 28, 2019

Un reporte indica que los niños de 14 años que provienen de familias monoparentales, son más propensos a ser captados por los narcotraficantes y la identidad perdida se las entrega ideas políticas extremas como el comunismo. Tienden a ser anti-sistema, no tienen identificación con partidos políticos, forman parte de pandillas y de barras bravas de equipos de fútbol. Eso explica la “Primera línea”, hombres delincuentes que se enfrentan de forma violenta con carabineros.

Se ha dicho que el grupo Antifa de Alemania está compuestos de un 95% de hombres, todos solteros, sin trabajo y sin estudios.

Si lo comparamos con la «Primera Línea» chilensis, es probable que veamos el mismo fenómeno: delincuentes anti-sistema sin identidad propia. pic.twitter.com/NMd0Pwp2t2

— Esteban Zapata (@EZC86) December 15, 2019

Más datos: la encuesta CEP de noviembre del 2018 mostraba que el 36% de los jóvenes entre 18 y 34 años no tenían denominación religiosa (eso explica la quema de iglesias durante las protestas) y se calcula que el 16,5 % de los niños entre 12 y 18 años presenta una enfermedad mental. La religión ha sido un factor protector en contra de la ansiedad y la depresión, junto con tener interacciones sociales (que los jóvenes actualmente no tienen).

Chile perdió la batalla cultural al tener jóvenes captados por la izquierda, ya sea en las universidades o en los colegios públicos, y estos están llevando a que su país se convierta en uno más del montón, donde la libertad es reemplazada por “justicia social”.

Conclusión: el futuro no es prometedor

No hay una fecha de término para la radicalización de la izquierda y los libertarios, que debieran ser el contrapeso a esta situación, prefieren mirar hacia otro lado e incluso en algunos sectores, denominados liberprogres, han sido cómplices y promotores. Y eso es porque creen que solo la economía es importante para que prospere la libertad. Pero lo cierto que está precedida por la cultura. Y esa batalla se perdió en Chile y se puede perder en el resto de Latinoamérica también.

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