La rata de Bensheim

La falta de noción de la fragilidad de la vida humana produce monstruos

Hace unos días pasó algo en Bensheim. Eso ya sería noticia en tan idílica como tediosa localidad del estado alemán de Hesse. Cualquier suceso allí es un acontecimiento. Pero esto fue lo nunca visto. Y trajo la fama efímera con imágenes que dieron la vuelta al mundo. Una dotación de siete bomberos y un veterinario paralizó la ciudad para salvar la vida a una rata. Todo documentado con vídeo. Se había cebado tanto que quedó enganchada en un respiradero de una tapa de alcantarilla a ras de calzada. Boqueaba la rata gorda, ni palante ni patrás. Hubo multitud de testigos emocionados con el salvamento de la rata. Daban gracias al cielo de que se llegara a tiempo. Podía haber sido

 atropellada. Imaginen, habría muerto. O haber sufrido hasta morir de sed o hambre. Podía haber corrido la suerte de un niño venezolano. Habría sido insoportable. La rata fue liberada y pronto los dueños de locales y almacenes pagarán por matar a sus descendientes.

Sí, la vida en Bensheim, tiene un antes y un después de aquel instante en el que se paró hasta el tiempo para salvar la vida de esa rata sin nombre. Con lo caro que se paga matarlas. Por los daños que generan y la plaga que suponen. Es parte de la cultura universal el cuento de Hamelín en la Baja Sajonia, no lejos de Bensheim, donde un flautista en el medievo se enfadó, porque el pueblo no quería pagarle su eficaz desratización. Y se llevó, como a las ratas, seducidos por la flauta, a todos los niños de la ciudad. Hoy el cuento se habría inventado al revés. No hay niño nato o no nato que conmueva como la rata de Bensheim. Políticos de la izquierda occidental, no de los jemeres rojos, dicen que la mujer tiene el derecho a interrumpir su embarazo hasta el día del parto. ¿Por qué no después? Y que si en la propia extracción el niño no muere, se le puede dejar morir allí mismo. Si alguien propone dejar morir a la rata, lo linchan. Porque necesitamos desparramar los sentimientos pero siempre en el cauce que los amos del discurso ideológico nos dicten.

Es un dicho viejo que las generaciones que no conocen la guerra entran en confusión total de prioridades y por falta de miedo a morir no saben vivir. Porque en la percepción de seguridad garantizada pierden la noción del valor real de las cosas. Dejan de jerarquizar y entender. El resultado es el desorden, la confusión y el caos. Hasta que la guerra restablece la lógica implacable de los valores que reflejan la relación permanente del humano vivo con su muerte. Lo cierto es que en siglos pasados generaciones que no conocieran la guerra había muy pocas. Y todos, desde los más doctos y eruditos a los más brutos y sencillos percibían de una forma u otra la gravedad y fragilidad de la existencia. Hoy resulta todo esto mucho más complicado. Escolares lloran contra el fin del mundo por el cambio climático y harían cualquier cosa contra quienes sus adoctrinadores vilmente señalan como «negacionistas». Véase Trump. Se desprecia a humanos como para permitir que mueran miles de niños y ancianos en Venezuela porque no reciben medicinas y alimentos que están a pocos kilómetros. Y grupos de jóvenes acuden a los mataderos a consolar a animales por sacrificar para carne, mientras pisan muñecos de humanos en demanda del derecho de mamá de matar al hermano que no viene bien. La guerra es monstruosa. Ignorar el hecho de que existe y la gravedad, profundidad y fragilidad de la vida humana genera necios y monstruos.

A %d blogueros les gusta esto: