El socialismo triunfa cuando los idiotas convencen a los ingenuos

Allegro ma non troppo de Carlo Cipolla es uno de los libros más interesantes de un economista del siglo XX. Son dos ensayos que Cipolla escribió y circuló entre allegados como un entretenimiento inteligente. El primero es una magnifica sátira, en la que emplea artificios econométricos –muy al uso, y eso es lo realmente divertido– para “probar” que la pimienta determinó la economía de la edad media europea, llegando a establecer una correlación econométrica entre los supuestos efectos afrodisiacos de la misma y el aumento de la población.

La parodia del uso y abuso de la econometría no podía ser mejor. Pero lo más significativo está en el segundo ensayo, que tituló Las leyes fundamentales de la humana, en el que su ironía es particularmente realista al clasificar a los individuos en tres categorías:

  • las personas decentes que persiguen sus propios fines en todas sus relaciones con el resto sin causar perjuicio intencional ni a sí mismos ni a otros;
  • los malvados que persiguen sus propios fines en todas sus relaciones con el resto sin causarse perjuicio intencional a sí mismos, pero que están perfectamente dispuestos a dañar a otros, completamente inocentes, para alcanzar sus propios fines;
  • y los idiotas, que valoran tanto subjetivamente el daño a terceros –generalmente a una muy específica clase de terceros– como para incurrir en gran perjuicio propio para obtener tal objetivo.

Y no fue descabellado subdividir a grandes rasgos a la humanidad en esas tres categorías, entre las que la de los idiotas es la más peligrosa. Una sociedad en la que prevalezcan los idiotas es una sociedad condenada, y no es de objetar la subjetividad de los fines al modelo de Cipolla. No se trata de que el autor nos imponga subrepticiamente su propia escala de fines, simplemente establece que la valoración subjetiva de fines del idiota es estúpida para el resto, decentes y malvados, pero no para él mismo. Estima, además, efectos trágicos de que prevalezcan idiotas con fines comunes. Entre otros, elevarían a los malvados al poder, por garantizarles sus torcidos fines, para alcanzar los propios, dañando a terceros inocentes.

Cipolla no deseaba publicarlos. La amplia circulación “clandestina” de copias que se extendían mucho más allá del círculo de amistades a las que los dirigió terminó por convencerle. En parte lamentó la popularidad de sus leyes fundamentales de la estupidez humana, pues temía que opacasen aspectos de su trabajo que consideraba de mayor importancia. Pero esas categorías de Cipolla son –y por eso ese ensayo es importante– realmente universales. La humanidad efectivamente se divide, para usos, costumbres, instituciones y relaciones de poder, entre decentes, malvados e idiotas, tal y como los definió Cipolla. Y sí, cuando los idiotas son demasiados, destruyen el orden social elevando a los malvados al poder.

Supondríamos entonces que en todo conjunto de humanos hay decentes, malvados e idiotas, en una u otra proporción. Pero el asunto es que hay un peculiar conjunto de la especie humana, presente hoy en todas las culturas, que está constituido única y exclusivamente por aquellos a los que Cipolla define como malvados, o idiotas. Es el grupo que por definición excluye de sus filas a los decentes. Y no son otros que quienes han asumido, amplia y profundamente, las ideas de lo que bien podemos llamar socialismo en sentido amplio.

Entre los socialistas únicamente hay malvados e idiotas, pero en el estricto sentido Cipolliano. No malvados por el mal que hacen –y suele ser mucho– sino porque están dispuestos a causar daño intencional a terceros inocentes para alcanzar sus propios fines. Si pudieran alcanzarlos sin hacerlo estarían tan satisfechos como causándolo, pero suele resultarles, en mayor o menor grado, el camino más expedito a sus fines. Especialmente cuando incluyen el poder. Los idiotas aquí, no tienen que ser estúpidos ni ignorantes. Pueden ser cultos –y nunca faltan entre ellos– intelectos brillantes dotados de talentos extraordinarios, pero sean eso o los más comunes y corrientes mortales, e incluso muy por debajo del promedio, son idiotas porque movidos por el atavismo de su resentimiento envidioso valoran subjetivamente tanto el mal para aquellos a los que envidian, como para estar dispuestos a sufrir notable perjuicio propio para ver dañados a los sujetos de su envidia.

Y claro, los atrae el socialismo, porque la clave de la torcida moral socialista no es otra que elevar la envidia a la categoría de axioma moral del que se deduce un torcido sentido de falsa justicia, que no es sino revancha por injurias inexistentes. Poco atrae del socialismo a los decentes –poco, no nada, pero ese es otro problema– salvo cuando son lo suficientemente ingenuos para dejarse engañar por los malvados y los idiotas. Es un punto clave asombrosamente simple, pero no se puede entender el fenómeno socialista en ninguno de sus aspectos, hasta que se admite que todos aquellos que adoptan realmente ese ideario –y me refiero al socialismo en sentido amplio, que incluye pero no se limita al socialismo revolucionario– son idiotas o malvados, en tanto que quienes lo apoyan en mayor o menor grado, sin comprender de que se trata realmente, de ser decentes, también son fatalmente ingenuos.

Así, los idiotas obtienen el apoyo de los ingenuos para elevar al poder a los malvados más que dispuestos a usar ese poder contra aquellos a los que idiotas envidian, y de los que logran que los ingenuos desconfíen, hasta que llega el trágico momento en que los ingenuos se descubren a sí mismos entre las clases enemigas a ser exterminadas, y la miseria material y moral que imponen los malvados para gobernar sobre las ruinas es tan terrible que hasta para los idiotas es demasiado. Pero para entonces ya es tarde porque se ha llegado al totalitarismo, en el que unos pocos esbirros puede mantener bajo control a infinidad de aterrados borregos adoctrinados.

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