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«El espectáculo del miedo»

Carlos Peña


«Los medios audiovisuales están convertidos en una suma de lugares comunes y tonterías repetidos una y otra vez, en un espectáculo del miedo o del apocalipsis a punta de estornudos, toses y ahogos. Tal vez este sea uno de los principales costos del coronavirus: la sandez.»


Al ver la televisión en estos días -en especial la televisión por las mañanas, eso que se llama matinales-, se tiene la impresión de que quienes trabajan en ella, periodistas, comentaristas, reporteros, camarógrafos, y para qué decir animadores y periodistas estrellas, o sujetos a quienes los han convencido que lo son (también periodistas que, errados de profesión, suelen hacer de payasos o de tonys), además de quienes fortuitamente aparecen allí, alcaldes en forma y políticos con calvicie y en decadencia, están felices o casi en estado de éxtasis con esto de la pandemia. Es como si de pronto les hubiera dado sentido a sus vidas. Es fácil imaginárselos revisando internet muy temprano para ver qué desgracias podrán comentar, simulando ser analistas internacionales, desayunando entusiastas y excitados con la posibilidad de las colas en los supermercados, el hallazgo de gente sin mascarillas e incluso -es probable que en sus sueños- con la posibilidad de un ahogo en vivo y en directo.

El miedo que causa el coronavirus convertido en espectáculo.

Llevan la contabilidad de los contagios y la divulgan como quien da los pormenores de un campeonato de fútbol y, lo que es peor, de las muertes como quien contabiliza goles en un partido reñido, las muestran en PowerPoint en pantalla o mediante un holograma, interrumpen las noticias con el flash del último deceso y consideran casi una censura que las autoridades no revelen la identidad o los antecedentes de esa muerte, dan pantalla a alcaldes ingeniosos que muestran cajas preparadas con vituallas de toda índole como para cuando llegue el fin del mundo y la gente deba refugiarse en subterráneos, y se dedican a entrevistar de madrugada a quienes deben ir a trabajar a la salida del metro con preguntas estúpidas e idiotas (en directo para tal o cual canal, ¿a qué hora salió?, ¿cuánto se demora?, ¿no teme contagiarse?, ¿tiene frío?, ¿quién le hizo esa mascarilla? ¡Mándele un saludo a su empleador para que no le descuente!), o a interrogar a los parientes de las víctimas fatales (gente pobre eso sí, no se les vaya a ocurrir entrometerse en la vida de alguien con dinero o con poder, menos con quien les firma el contrato de trabajo) para saber cómo conviven con el virus, cómo se las arreglan para comer, convivir, hacer sus necesidades como se decía antes, comprar lo necesario o ir a trabajar en medio de la peste. Incluso hay quienes meten las cámaras (y a ellos mismos con ellas) dentro de las casas para mostrar la pobreza no con ánimo de denuncia justiciera (que esto alguna justificación tendría), sino de mero espectáculo en que el periodista o quien simula serlo (por supuesto, con rostro compungido, era qué no) anima la escena y come o toma onces con aquellos cuya gratuidad les dará rating. Las conductoras de las noticias, tan arregladas como siempre, y tan vivaces, con una tenida distinta cada día, no importa el ritmo del virus, no vaya a ocurrir que la desgracia que describen y proclaman las vaya por un momento a afear (o a darles la impresión de que este virus desgraciado las afea) exhiben cada día una tenida distinta, un peinado distinto, y si la anatomía facial lo permitiera (gracias a Dios ese prodigio se desconoce), también exhibirían una sonrisa distinta, cuidadosamente ensayada, cada tarde en las noticias.

Y cuando necesitan algo un poco más serio (o que parezca serio) invitan a un señor o señora de delantal blanco, no necesariamente un especialista (porque en estos días basta vestirse de blanco o ser dirigente gremial de un hospital, clínica, cesfam o consultorio para pasar por especialista y balbucear dos o tres cosas), para que explique una y otra vez cómo se pone la dichosa mascarilla, de qué material debe hacerse, si sirve el paño de cocina, la toalla nova, el papel confort, un trozo de frazada o cualquier tira, si se puede lavar o no, si se puede reutilizar o no, cómo ha de tomarse, cuál es la distancia adecuada para conversar sin que la muerte se acerque, durante cuánto tiempo hay que cruzar los dedos hasta que la desgracia pase, si acaso sirve de algo tomar aspirinas, ibuprofeno, paracetamol, tilo, eucaliptus, manzanilla o vaya usted a saber qué cosa, si estornudar a tal o cual velocidad es dañino o inocuo, si sirve rezar, si es posible ceder el lugar en la fila mientras se espera el momento final, si acaso las transfusiones de sangre o esto o aquello detendrá la marcha de la peste, y así.

En eso está convertido el espacio público.

Una suma de lugares comunes, sandeces y tonterías repetidos una y otra vez, convirtiendo los medios de comunicación en un espectáculo del miedo o del apocalipsis a punta de estornudos, toses y ahogos, y siempre adornados con la gestualidad de alguna animadora que, según el director o directora del caso le dicte al oído, se ríe o entristece, abre los ojos en gesto de sorpresa o los pone serios en ademán de alarma, o pronuncia una tonta moraleja como si fuera un descubrimiento metafísico (tenemos que cuidarnos entre todos, el virus nos ha enseñado cuánto nos necesitamos, el sentimiento ha despertado y otras perlas semejantes), elogiando la solidaridad del pobre o de la pobre que sin saberlo se puso ante la cámara.

Sí, no cabe duda, el virus amenaza la salud; pero sobre todo expande la sandez y la tontería.

Fuente: https://www.elmercurio.com/blogs/2020/04/19/78084/El-espectaculo-del-miedo.aspx

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