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Hagamos evolución, no revolución

La transición para reducir el Estado se debe hacer de forma responsable, de tal manera que se devuelva lo tomado a la sociedad.

Por José Basagoiti

La pobreza de la clase política es cada vez más evidente y cuanto mayor poder la vayamos dando, más empobrecerá esta a la sociedad. Es una relación tóxica, una dependencia que será muy difícil romper si no empezamos a tomar medidas.

Recientemente me he incorporado al Partido Libertario en España, un proyecto pequeño, incipiente, pero con una base de extrema profesionalidad detrás. Vengo para aportar mi granito de arena, para llevarlo a ser una opción interesante, funcional y distinta de lo que tenemos hoy en día en el panorama político.

En las últimas décadas, hemos convertido a la social-democracia, un movimiento soñado por todos nuestros antepasados, en un caldo de corrupción, intereses, injusticias e inmoralidades. Y el problema, es que, si estudiamos el pasado, ésta era una transición anunciada. Las bases son buenas, hay que mantener la libertad y la organización social, pero como suele pasar, todo movimiento acaba pasándose de frenada, mostrando sus mayores vergüenzas. Un claro ejemplo lo vemos en el feminismo de hoy en día, un proyecto honesto y loable, convertido en un movimiento sectarizado y radicalizado.

Al sistema político de hoy en día le ha pasado lo mismo, me explico; la brecha entre sociedad y gobierno es cada vez más amplia y la organización social, económica y monetaria se va aglutinando peligrosamente en el segundo. Más control, más gasto y más deuda es la tendencia.

Entendiendo que hay servicios básicos que a día de hoy deben ser planificados de forma gubernamental, existe un gran gasto estatal que no hace más que dañar y lapidar el futuro de la sociedad. Este daño no solo es económico sino sobre todo moral saliente de la feroz compra de votos e intereses políticos.

Y es que es tan perverso el sistema de compra de votos, que hemos visto el pasado mes uno de los actos más miserables que recuerdo en la democracia, el de aplazar la contención de una pandemia, para celebrar varios actos políticos multitudinarios, tanto de la derecha (Vistalegre) como de la izquierda (8M). Corrompe tanto el poder político, que vemos partidos anteponer el interés frente a la salud. Tan mezquino es ese comportamiento como humano, ya lo hemos comentado en pasados artículos. Tenemos la obligación, por tanto, de reducir paulatinamente ese poder en el ser humano.

De esta manera, es importante empezar ya a eliminar las ineficiencias del Estado y se debe hacer mediante evolución, no revolución. Salvo situación excepcional, el primer paso es controlar el gasto político y, para ello, se debe exigir e imponer la reducción del déficit fiscal como punto primordial de cualquier gobierno, con techo de gasto y techo fiscal. Evidentemente, el despilfarro político y las redes clientelares deben ser lo primero en atacarse, y se debe hacer de forma inmediata.

Existe una tremenda urgencia de cambiar este sistema expansivo por uno más restrictivo, donde el gasto público no pueda subvencionar, prestar, contratar o favorecer ningún grupo de interés. Si se quiere hacer, que se realice de forma voluntaria y privada. Ya vale de camuflar lo que llaman gasto social en gasto de compra de votos, ya vale de endeudar a las futuras generaciones por intereses políticos.

El movimiento será pequeño, pero el objetivo muy ambicioso y es que la sociedad sea consciente de que no necesita de un órgano superior para cubrir ciertas necesidades. El segundo será transitar esa idea hacia estructuras consideradas más básicas, pero que responden a la misma falacia de la necesidad de intervención centralizada para el bienestar.

La transición para reducir el Estado se debe hacer de forma responsable, de tal manera que sea primero el gasto no estructural el ser eliminado y ese dinero devuelto en menos recaudación fiscal a la sociedad, apuntando a la eliminación de impuestos abusivos como el de electricidad, gasoil, o vivienda.

Como el cambio de paradigma es relativamente nuevo –pasar de un Estado expansivo a restrictivo, aunque tenemos ejemplos como Irlanda, Taiwán o Singapur– es necesario que se haga desde un convencimiento social. Convertirse en déspotas del sistema, precisamente como lo hacen los gobiernos actuales, debe ser el último objetivo del libertarismo.

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